Comenzamos hoy hablando del ego: eso que habita dentro de nosotros, pero que, al final, no siempre sabemos con certeza qué es.
Antes de profundizar, veamos qué significa la palabra ego.
La palabra ego proviene del latín y significa “yo”. En su uso más directo, se refiere simplemente al pronombre personal de la primera persona. Sin embargo, en psicología, el término ha sido adoptado para describir la instancia psíquica consciente que media entre los instintos, los ideales y la realidad.
Por extensión, solemos usar “ego” para hablar de un exceso de autoestima o de una actitud egocéntrica. No obstante, desde un punto de vista filosófico y psicológico, el ego representa la conciencia de sí mismo, la capacidad de reconocerse y la percepción de la propia identidad. En definitiva, es la parte de nuestra personalidad que busca mantener un equilibrio entre nuestras necesidades internas y las presiones del entorno.
El ego influye en cómo nos vestimos, cómo nos comportamos frente a los demás, qué estudiamos, dónde trabajamos, cómo nos expresamos e incluso a quién amamos; todo ello en función de nuestros patrones internos más profundos y muchas veces inconscientes.
Existen egos grandes, pequeños, muy grandes o diminutos. Y aunque nuestro ego puede ser un gran aliado que nos impulsa a superarnos y nos orienta hacia nuestras metas, también puede convertirse en nuestro peor enemigo cuando nos impide ver quiénes somos realmente.
El ego nos hace creer que los demás son los que necesitan ayuda, que los errores siempre están afuera y que nosotros tenemos la razón. Pero, en realidad, suele ser nuestro sistema de autodefensa el que intenta protegernos de lo que percibe como amenazas.
El ego nos mantiene en la oscuridad. Nos hace pensar que nuestras decisiones son libres, cuando en muchos casos es él quien las toma y nos convence de que actuamos correctamente, porque “siempre hace lo mejor para nosotros”.
Podríamos ignorarlo y seguir con nuestra vida tal como está: el trabajo, las rutinas y las distracciones cotidianas nos mantendrán a flote. El piloto automático nos llevará por el camino que hoy recorremos y llegaremos a algún destino.
Pero, si nos detenemos un momento a observar por qué nuestro ego actúa como actúa, podremos evolucionar. Comprender las motivaciones detrás de nuestras decisiones nos permitirá elegir con mayor conciencia y prever sus consecuencias. En otras palabras, podremos anticipar el rumbo de nuestro propio futuro.
Al final de nuestra vida sabremos si las grandes decisiones que tomamos fueron las correctas. Pero, ¿no sería mejor darnos cuenta antes, para poder cambiar el rumbo si no estamos satisfechos con los resultados? Hacerlo puede transformar nuestra vida en una experiencia más plena, libre de amarguras y decisiones tomadas desde un ego inconsciente.
Hoy te invito a observar tus decisiones, reconocer a tu ego y descubrir su tamaño y su influencia. Pregúntate si tus elecciones nacen realmente de ti o de él.
Tal vez, en ese instante, tu ego te diga: “¿Para qué hacer esto?”. Si lo escuchas, sabrás que es él quien habla. Entonces, por un momento, elige no oírlo. Escucha más allá: escucha la voz profunda de tu corazón, esa que, en el fondo, es más sabia que tu propio ego.
Si tienes alguna pregunta, comentario o deseas contactarnos, no dudes en hacerlo. Estamos a tu disposición para acompañarte en este camino de autoconocimiento.

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